Por: Mario Holguín

Durante su segundo mandato se desató una de las confrontaciones políticas y mediáticas más intensas de las últimas décadas. La construcción del Metro de Santo Domingo, los túneles, elevados y otras grandes infraestructuras fue objeto de una oposición frontal. Reconocidos comunicadores, dirigentes políticos y diversos sectores de opinión cuestionaron la inversión, calificándola de innecesaria, desproporcionada e incluso contraria a las verdaderas prioridades nacionales.
Las críticas fueron tan radicales que algunas consignas quedaron grabadas en la memoria colectiva. Se llegó a plantear la destrucción de los túneles para sembrar yuca, una expresión que simbolizó el rechazo absoluto a una visión de desarrollo que muchos se negaban a comprender.
Sin embargo, la realidad terminó imponiéndose sobre el discurso político.
Hoy el Metro de Santo Domingo constituye la columna vertebral del transporte masivo de la capital y continúa expandiéndose para responder a una demanda cada vez mayor. Los túneles y elevados, aunque insuficientes frente al acelerado crecimiento del parque vehicular, siguen siendo piezas esenciales de la movilidad urbana. Aquello que ayer fue motivo de burla, hoy es considerado una infraestructura indispensable y la ciudadanía reclama nuevas inversiones de la misma naturaleza.
Ese es, precisamente, el rasgo que distingue a un estadista de un simple administrador: la capacidad de gobernar pensando en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones.
Pero la visión de Leonel Fernández no se limitó al hormigón, al acero o al concreto. Paralelamente impulsó profundas transformaciones institucionales que fortalecieron el orden constitucional y consolidaron importantes garantías del Estado de derecho. La modernización del país no fue concebida únicamente como un proceso de construcción de obras físicas, sino también como un fortalecimiento de las instituciones democráticas y del marco jurídico nacional.
Las grandes transformaciones siempre encuentran resistencia. Así ha ocurrido en todas las sociedades que han decidido dar el salto hacia la modernidad. Quienes miran exclusivamente el presente suelen combatir las obras concebidas para resolver los problemas del futuro.
La República Dominicana continúa enfrentando enormes desafíos en materia de movilidad, planificación urbana e infraestructura. Precisamente por ello, cada día resulta más evidente que la respuesta no consiste en detener el desarrollo, sino en acelerarlo con una visión estratégica de largo plazo.
La experiencia demuestra que el progreso no puede construirse desde la improvisación ni desde el cálculo político inmediato. Requiere liderazgo, capacidad para asumir costos y la firme convicción de que algunas decisiones serán comprendidas plenamente solo cuando transcurran los años.
Ese parece ser el caso de Leonel Fernández. Más allá de las legítimas diferencias políticas que puedan existir sobre su gestión, el paso del tiempo ha fortalecido el reconocimiento de una parte importante de su legado. Las obras que transformaron la movilidad urbana y las reformas institucionales que marcaron una etapa de la vida democrática dominicana siguen siendo referentes obligados cuando se analiza el proceso de modernización del país.
Al final, el tiempo hizo lo que la confrontación política no pudo: colocar cada argumento en su justa dimensión. Y, como suele ocurrir con los verdaderos estadistas, ha sido el tiempo, la que comenzó a reconocer el alcance de una visión que muchos criticaron, pero que hoy la realidad confirma como uno de los pilares de la transformación de la República Dominicana.

