Por Mario Holguín
En la historia política dominicana reciente, pocos líderes encarnan con tanta nitidez el principio de alternancia y el respeto a las instituciones como el doctor Leonel Fernández. Su trayectoria no es solo un relato de éxitos electorales y realizaciones de gobierno; es, sobre todo, la demostración de cómo un estadista puede ser impulsado una y otra vez por las demandas de un pueblo que reconoce en su legado el sello del progreso y la modernización.
Cuando Fernández entregó el poder en agosto del año 2000, tras un primer mandato marcado por notables improntas en materia de política exterior, inversión extranjera y estabilidad macroeconómica, le sucedió el ingeniero Hipólito Mejía.
El cuatrienio 2000-2004 terminó envuelto en amargos desencantos para amplios sectores de la población. Recordemos la crisis bancaria, una inflación descontrolada y una percepción generalizada de desgaste institucional. Fue precisamente ese contraste el que abrió las puertas a su regreso.
Impedido inicialmente por la Constitución para aspirar de inmediato a un nuevo período, una reforma impulsada desde el Congreso, le permitió al líder peledeísta rendir cuentas ante el electorado.
Así llegaron los dos períodos consecutivos (2004-2008 y 2008-2012), en los que República Dominicana experimentó una transformación visible, al mostrar una expansión de la infraestructura, atracción de megainversiones, impulso a la educación superior, modernización del Estado y una inserción más audaz en el escenario internacional. En 2012, fiel a su palabra y al espíritu constitucional, Fernández culminó su gestión y no buscó continuar.
Sin embargo, la “polilla del continuismo”, no tardaría en manifestarse. Su sucesor natural dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), el licenciado Danilo Medina, promovió una modificación a la Carta Magna que fracasó, manteniendo el camino abierto para Fernández. La oposición, con cálculos erráticos y una lectura miope de la realidad nacional, terminó creando las condiciones objetivas para que el exmandatario volviera a ser una opción viable.
Hoy, al frente de Fuerza del Pueblo, el partido más joven del sistema político dominicano, fundado bajo su liderazgo en 2019, Leonel Fernández se perfila, a dos años de las elecciones presidenciales de 2028, como una de las figuras con mayor proyección para asumir nuevamente la dirección del país.
No es casualidad. Fernández siempre ha sido un constitucionalista convencido. Jamás ha forzado las reglas del juego a su favor personal; han sido las circunstancias, los errores ajenos y, fundamentalmente, su legado indiscutible en el desarrollo y el progreso de la nación los que lo han colocado una y otra vez en el centro del tablero político. Mientras otros líderes buscan perpetuarse alterando normas o debilitando instituciones, Fernández ha demostrado que se puede volver al poder por la vía democrática, con ideas claras y con el respaldo que surge del reconocimiento ciudadano a una gestión seria y visionaria.
Su liderazgo actual en la principal fuerza de oposición no solo representa una alternativa al gobierno de turno, sino una opción de madurez institucional. En un momento en que el país enfrenta desafíos complejos en materia de movilidad segura, vulnerabilidad climática, presión migratoria y la necesidad de un nuevo modelo de crecimiento inclusivo, la experiencia probada de Fernández, su capacidad de diálogo y su visión de Estado ofrecen garantías de gobernabilidad y estabilidad.
La historia reciente de República Dominicana confirma una verdad. Cada vez que las fuerzas políticas han subestimado el capital político y moral de Leonel Fernández, han terminado facilitando su retorno. No por maquiavelismo, sino por la sencilla razón de que su figura trasciende las coyunturas y se ancla en resultados tangibles y en un compromiso genuino con el fortalecimiento democrático.
A menos de dos años del certamen electoral de 2028, todo indica que el pueblo dominicano volverá a tener en sus manos la posibilidad de elegir entre improvisación y experiencia, entre retórica y ejecución, entre continuismo disfrazado y verdadero cambio con responsabilidad. Y, como en ocasiones anteriores, Leonel Fernández se presenta, sin pedirlo ni forzarlo, como la opción que une trayectoria, madurez y futuro.

