Cuando Balaguer le quitó terreno al Ozama

Mario Holguín

Pocas obras públicas realizadas en Santo Domingo durante el siglo XX simbolizan de manera tan gráfica la voluntad de transformar una ciudad como la construcción de la Avenida del Puerto, hoy Avenida Francisco Alberto Caamaño Deñó.
Fue una intervención que desafió las limitaciones naturales del entorno urbano y modificó para siempre la relación entre la capital dominicana y el río Ozama. No resulta exagerado afirmar que, en cierto modo, Joaquín Balaguer le quitó terreno al Ozama para entregárselo a la movilidad de la ciudad.

Finales de los ochenta, cuando entonces me desempeñaba como ingeniero de la Corporación Dominicana de Electricidad, en la rehabilitación de la Central Termoeléctrica Santo Domingo. La ciudad enfrentaba crecientes dificultades de circulación en su centro histórico y en los accesos al Puerto de Santo Domingo. Una población capitalina que no superaba los 1,5 millones y un campo vehicular inferior a 150 mil vehículos.

La estrecha franja existente entre la Ciudad Colonial y el río representaba una barrera física que limitaba la expansión de la infraestructura vial. Resolver ese problema exigía una solución de ingeniería poco común para la época.

La respuesta fue la construcción de una avenida que, en varios de sus tramos, avanzara literalmente sobre el borde del río. Para hacerlo posible se utilizaron pilotes de hormigón, rellenos y estructuras especiales que permitieron desarrollar una plataforma vial apoyada parcialmente dentro de la ribera del Ozama. Desde la perspectiva técnica, la obra constituyó una de las intervenciones de ingeniería urbana más complejas realizadas en la República Dominicana durante aquellos años.

La documentación histórica disponible identifica al ingeniero Silvestre Antonio de Moya Sánchez como principal responsable de la construcción de esta emblemática infraestructura. El desafío consistía en crear una vía moderna y de gran capacidad sin afectar las estructuras históricas de la Ciudad Colonial ni alterar la funcionalidad del puerto. El resultado fue una solución innovadora que permitió mantener la continuidad del tránsito mientras se preservaban elementos patrimoniales de enorme valor histórico.

La singularidad de la avenida no radica únicamente en sus características técnicas. Quien la recorre percibe de inmediato una sensación de desplazarse junto al agua, en una vía que parece emerger del propio río. En algunos puntos, la proximidad con el Ozama es tal que da la impresión de que la carretera flota sobre sus aguas.

Esta condición convirtió a la avenida en uno de los corredores urbanos con mayor valor paisajístico de Santo Domingo. Desde ella pueden contemplarse el cauce del río Ozama, el Puerto de Santo Domingo, la margen oriental donde hoy se extiende gran parte de Santo Domingo Este, el perfil histórico de la Ciudad Colonial y los principales puentes que conectan ambas márgenes, incluyendo el Puente Flotante y el Puente Francisco del Rosario Sánchez.
Pocas obras viales del país combinan de manera tan evidente funcionalidad, ingeniería y paisaje.

Sin embargo, el verdadero significado de esta construcción debe medirse por su impacto en la movilidad. La Avenida del Puerto permitió articular espacios urbanos que históricamente habían permanecido fragmentados. Facilitó la conexión entre la Ciudad Colonial, el puerto, los accesos hacia Santo Domingo Este y los corredores que conducen a la zona norte de la capital. También contribuyó a descongestionar calles interiores del centro histórico, mejoró los tiempos de desplazamiento y creó una nueva alternativa para la circulación metropolitana.
Más allá de los beneficios inmediatos, la obra representó una visión estratégica de ciudad. Su construcción anticipó la necesidad de crear corredores de alta capacidad, capaces de absorber el crecimiento vehicular que experimentaría Santo Domingo en las décadas siguientes. En ese sentido, la avenida no fue simplemente una carretera; fue una pieza fundamental de la modernización urbana de la capital.

Tres décadas después de su inauguración, miles de vehículos la recorren diariamente sin reparar en la magnitud del desafío que implicó su construcción. Para las nuevas generaciones puede parecer una infraestructura más dentro del paisaje cotidiano de la ciudad. Sin embargo, detrás de cada uno de sus tramos existe una decisión política, una apuesta técnica y una visión de futuro que transformó la movilidad de Santo Domingo.

Cuando Balaguer impulsó la construcción de esta vía, no solo modificó la geografía de la ribera occidental del Ozama. También alteró la manera en que la ciudad se conectaba consigo misma. Por eso, al observar la avenida extendiéndose junto al río, resulta inevitable pensar que aquella obra representó uno de los momentos en que la ingeniería dominicana desafió los límites de la naturaleza para responder a las necesidades de una ciudad en expansión.
En efecto, fue una época en la que Santo Domingo ganó una avenida y el Ozama perdió una pequeña parte de su territorio. Pero el verdadero resultado fue que la ciudad ganó una nueva dimensión de movilidad, integración y desarrollo urbano que obliga a una nueva generación encarnada por Leonel Fernández a repensar la movilidad nacional con ingeniería inteligente.