Mario Holguín
Las grandes transformaciones de los líderes suelen anunciarse en momentos aparentemente simples. Décadas antes de ocupar la Presidencia de la República y de impulsar algunas de las obras de infraestructura más importantes de la historia contemporánea dominicana, Leonel Fernández ya mostraba una profunda fascinación por el conocimiento, la tecnología y los símbolos del progreso.
Éramos muy jóvenes cuando obtuvo su primera licencia de conducir. Recuerdo aquella mañana, en las inmediaciones del Colegio Cristóbal Colón, donde ejercía como profesor de Historia. Con la satisfacción propia de quien alcanza una nueva meta personal, me mostró el documento recién adquirido y expresó una frase que, con el paso de los años, cobraría un significado especial:
—Ahora sí soy un hombre moderno.
Intrigado por aquella afirmación, le pregunté qué entendía por ser un hombre moderno. Su respuesta fue inmediata y reveladora: hablar inglés, escribir a maquinilla y poseer una licencia de conducir.
Para muchos podría parecer una definición sencilla; sin embargo, en el contexto de la República Dominicana de entonces, aquellos elementos representaban la capacidad de integrarse a un mundo cada vez más conectado, competitivo y dinámico.
La anécdota adquiere mayor relevancia cuando se recuerda que, años antes, el joven Leonel se desplazaba diariamente en bicicleta para cumplir con sus responsabilidades académicas. Con el humor que lo caracteriza, suele referirse a aquel medio de transporte como “la primera versión del Metro de Santo Domingo”.
Aquellas jornadas sobre dos ruedas no solo evidenciaban las limitaciones materiales de la época, sino también la determinación de una generación que veía en la educación el principal instrumento de movilidad social.
Vista desde la perspectiva histórica, aquella conversación contenía, en forma embrionaria, la visión de país que Leonel Fernández desarrollaría décadas más tarde. Su concepto de modernidad no estaba asociado únicamente al crecimiento económico, sino a la incorporación del conocimiento, la tecnología, la conectividad y la formación humana como pilares del desarrollo nacional.
No resulta casual que durante sus gobiernos la República Dominicana experimentara una profunda transformación en materia de infraestructura, telecomunicaciones, educación superior, conectividad digital y sistemas de transporte masivo.
Obras como el Metro de Santo Domingo, que hoy moviliza a cientos de miles de ciudadanos diariamente, pueden interpretarse como la materialización de una visión que comenzó a forjarse mucho antes de llegar al poder, cuando un joven profesor e intelectual asociaba el progreso con la adquisición de capacidades y herramientas para desenvolverse en el mundo moderno.
Por eso, más que una anécdota personal, aquel episodio constituye un testimonio revelador de la evolución de un pensamiento político. La licencia de conducir era apenas un documento; lo verdaderamente importante era lo que simbolizaba: la convicción de que el desarrollo individual y colectivo depende de la educación, la innovación y la voluntad permanente de avanzar.
Con el paso del tiempo, aquella frase pronunciada con naturalidad por un joven profesor de Historia terminaría anticipando una de las ideas centrales de su trayectoria pública sintetizada en que la modernización de una nación comienza por la modernización de las capacidades de sus ciudadanos.

