Mario Holguín
Desde los albores de la civilización, el camino ha sido mucho más que una vía para desplazarse. Ha simbolizado el progreso, la comunicación, el intercambio comercial, la conquista, la integración de los pueblos y el desarrollo humano. Allí donde surgieron grandes caminos florecieron también las grandes civilizaciones.
Los antiguos romanos comprendieron que el dominio de un imperio dependía de su red vial. De ahí surgió la célebre expresión: "Todos los caminos conducen a Roma". Más tarde, la Ruta de la Seda conectó Oriente y Occidente, impulsando no solo el comercio, sino también la difusión de conocimientos, culturas y tecnologías. En América, los caminos construidos por mayas, aztecas e incas fueron fundamentales para la organización de sus sociedades.
Un ejemplo emblemático de esa visión fue la construcción de la Vía Apia, una de las calzadas más importantes de la antigua Roma. Su trazado no solo facilitó el desplazamiento de tropas y mercancías, sino que también consolidó la expansión territorial, la integración de la península itálica y el fortalecimiento del poder romano. Hoy todavía se conservan tramos originales de su empedrado, mausoleos, ruinas y restos arqueológicos que constituyen una evidencia histórica tangible de la grandeza de la ingeniería romana.
En el plano filosófico y religioso, el camino representa la búsqueda del destino, el crecimiento personal y el rumbo correcto; la movilidad humana y la dimensión espiritual. En prácticamente todas las culturas, "seguir el buen camino" equivale a actuar con sabiduría, mientras que "perder el camino" simboliza el error o el fracaso. O perder la noción que es perder la ruta.
En la historia política contemporánea, pocos símbolos poseen tanta fuerza comunicacional como el camino. Un camino evoca futuro, esperanza, oportunidades, integración territorial y prosperidad. Es la imagen de un país que avanza.
En ese contexto puede interpretarse la estrategia política desarrollada por Leonel Fernández durante sus campañas y sus administraciones. Desde su primera elección presidencial, el camino se convirtió en el eje central de su narrativa política.
Su primer período fue presentado como el tránsito desde "el camino malo" hacia "el camino bueno", una expresión heredada del imaginario político dominicano construido por Juan Bosch y Joaquín Balaguer. Posteriormente, su campaña utilizó el lema "El Nuevo Camino", asociando la idea del camino con estabilidad, confianza y progreso.
En las elecciones de 2004 el concepto evolucionó hacia "El Mejor Camino", una consigna que sintetizaba la promesa de modernización del Estado, crecimiento económico e inversión en infraestructura. Para su siguiente período, el mensaje "De Nuevo el Mejor Camino" buscó reforzar la continuidad de esa visión de desarrollo.
No resulta casual que durante sus gobiernos la inversión en infraestructura vial alcanzara una dimensión sin precedentes.
Autopistas, avenidas, elevados, túneles, corredores y distribuidores de tránsito pasaron a ser la expresión física del concepto político del camino. La infraestructura dejó de ser únicamente una obra pública para convertirse en un símbolo de modernidad y competitividad nacional, pero también en una apuesta por construir caminos humanizados que preserven una movilidad segura para sus usuarios.
Sin embargo, el significado del camino continúa transformándose. En la era moderna ya no basta con construir carreteras. Hoy el desarrollo depende también de la conectividad digital, la logística inteligente, la movilidad sostenible, la integración multimodal del transporte y la concepción de vías pensadas para las personas, donde la seguridad vial, la accesibilidad y la convivencia entre peatones, conductores y pasajeros sean prioridades. El camino físico comparte protagonismo con las autopistas de la información, las redes de telecomunicaciones y las plataformas digitales que conectan economías y sociedades.
En la era de la conectividad, el camino representa la capacidad de un país para integrar personas, mercancías, información, servicios e innovación. Ya no es únicamente una carretera asfaltada; es una red de conexiones físicas y digitales que determina la competitividad de las naciones y que debe diseñarse bajo el principio de humanizar la movilidad para proteger la vida y la seguridad de sus usuarios.
Por ello, el simbolismo del camino conserva plena vigencia. Ayer representó la supervivencia de las civilizaciones; hoy representa la capacidad de insertarse exitosamente en la economía del conocimiento y en la revolución tecnológica.
Los países que construyen caminos construyen también oportunidades para las generaciones futuras, siempre que esos caminos estén concebidos como espacios seguros, accesibles y humanizados.
Desde esa perspectiva histórica, la utilización del camino como símbolo central en las campañas y gobiernos de Leonel Fernández trasciende el ámbito electoral. Constituye una metáfora política del desarrollo, la modernización y la integración nacional, cuya expresión más visible fue la transformación de la infraestructura dominicana y cuyo desafío actual consiste en extender ese concepto hacia la movilidad inteligente, la conectividad digital, el modelo viable para generaciones futuras con la construcción de caminos humanizados que preserven una movilidad para todos sus usuarios.
A ello se suma la demanda impostergable ante los altos indicadores de siniestralidad vial, en consonancia con la concepción del modelo de Estado desarrollador de Leonel Fernández, al “Camino Seguro” el transporte masivo de pasajeros y mercancias como parte esencial de una estrategia de desarrollo, inclusión y protección de la vida.
Conviertiendo esta infraestructura en “camino de vida, de paz y de esperanza” sin “confrontaciones”.

