Mario Holguín
Cuando Leonel Fernández se interesa en la politica
Hay una vieja tentación en política de convertir los retrocesos en demostraciones de inteligencia estratégica. Pero no todo paso atrás es una maniobra calculada, ni toda rectificación constituye una estrategia. Por eso, cuando se observan los frecuentes cambios de posición atribuidos al gobierno del presidente Luis Abinader, resulta difícil encontrar una equivalencia seria con aquella concepción política asociada a Vladimir Lenin sobre avances, retrocesos y reorganización de fuerzas.
Lenin tituló en 1904 una de sus obras Un paso adelante, dos pasos atrás. Más allá de las circunstancias particulares de aquella disputa política, la experiencia leninista dejó asociada la retirada táctica con una cuestión esencial que podemos resumir diciendo que retroceder puede tener sentido cuando existe una estrategia definida para continuar avanzando.
Fue con la frase “Un paso adelante, dos pasos atrás” de boca de Jimmy Sierra en una de las tertulias callejeras en Villa Juana, cuando Leonel Fernández quedó cautivado para incursionar luego en la política. Para entonces, la teoría política y la literatura eran el pan nuestro de cada día.
Mas, sin desviarnos del punto inicial, si no tiene sentido retroceder se crea el punto de inflexión con los llamados recules de Abinader.
Porque cuando un gobierno anuncia una medida, genera expectativas o incertidumbre, enfrenta el rechazo de distintos sectores y posteriormente modifica, aplaza o abandona lo planteado, no necesariamente estamos frente a una retirada estratégica. Sin embargo, las evidencias muestran una deficiencia en la planificación política, la construcción de consensos, la evaluación de consecuencias o la comunicación gubernamental.
Gobernar democráticamente exige rectificar cuando una decisión resulta equivocada. De hecho, reconocer un error puede ser una virtud. El problema comienza cuando la rectificación deja de ser excepcional y se convierte en ridícula, ante la opinión pública, característica recurrente del proceso de toma de decisiones de este gobierno.
Una política pública seria debería recorrer el camino contrario. Primero estudiar. Después consultar. Luego construir viabilidad jurídica, económica y social. Finalmente decidir y comunicar. Cuando ese orden se invierte, el gobierno corre el riesgo de utilizar a toda la sociedad como escenario de ensayo y error.
Por eso, el debate no debe concentrarse simplemente en cuántas veces ha reculado Abinader. La pregunta políticamente más importante es por qué se producen esos recules y qué revelan sobre la capacidad de anticipación del Gobierno.
Tampoco sería justo sostener que toda decisión reconsiderada constituye un fracaso. Un presidente responsable debe escuchar a la sociedad y modificar políticas cuando las circunstancias o las evidencias así lo aconsejen. Pero escuchar después de anunciar no sustituye la obligación de consultar antes de decidir.
Lenin podía entender una retirada como parte de una estrategia para preservar fuerzas y posteriormente recuperar la iniciativa. Un gobierno democrático moderno debe ser evaluado con parámetros diferentes, enmarcado en la planificación, institucionalidad, transparencia, participación, resultados y previsibilidad.
Por eso, atribuirle una sofisticada inspiración leninista a cada marcha atrás gubernamental sería concederle demasiado a la ironía.
Los recules de Abinader nada tienen que ver con Lenin cuando no existe evidencia de que el paso atrás haya sido diseñado para permitir dos pasos posteriores hacia adelante. En política pública, improvisar, encontrar resistencia y rectificar no constituye una teoría. Constituye una señal que merece explicación.
Y quizás ahí esté la verdadera discusión nacional. El problema no es que un gobierno rectifique. El problema aparece cuando primero decide y después descubre aquello que debió estudiar antes de decidir.
imagen: Creada IA

