Por Mario Holguín
El motoconchismo en Higüey no se entiende si lo miramos solo como un problema de tránsito. Para verlo completo hay que mirarlo como lo que realmente es, la forma más visible que tiene hoy la juventud de practicar el rebusque.
El rebusque, como lo definió el fenecido amigo, Carlos Dore-Cabral, no es un empleo ni un oficio. Es una estrategia. Es la manera de resolver el día a día cuando el trabajo formal no aparece, cuando la quincena no alcanza o cuando simplemente no existe. No se planifica a largo plazo porque no hay para quién. Se busca el menudo hoy, con lo que se tenga a mano.
En Higüey, lo que se tiene a mano son dos ruedas, un motor y la calle.
Por eso la moto se volvió la oficina. No pide diploma, no pide fiador, no pide seis meses de experiencia. Con $600 para alquilarla en la mañana ya eres trabajador. Lo que hagas arriba de eso es tuyo. Y ese "tuyo" se convierte en la comida, en el pago de la luz, en la medicina de la madre.
El motoconchista no vende kilómetros, vende tiempo. Cada carrera es un billete que no puede esperar, porque si se detiene, no come.
Quien llega a una parada de Friusa, Salvaleón o Jobo Dulce encuentra algo más que motores encendidos.
Encuentra una comunidad con sus propias reglas. Hay un jefe de fila que organiza los turnos, hay un código que prohíbe robarle la carrera al compañero, hay una caja común para cuando uno se cae y se rompe una pierna.
El rebusque es individual en la calle, pero es colectivo en la parada. Sin esa red, ninguno aguanta.
También hay un ritual. El 21 de enero, cuando Higüey se llena de peregrinos, el motoconchista deja de ser el "peligro en la vía" para ser el hijo que lleva gratis a la Basílica.
Ese día no gana dinero, gana respeto. Y ese respeto es capital dentro del barrio, porque en un contexto donde el Estado no llega, el reconocimiento del vecino vale más que un recibo de sueldo.
El problema es que el Estado sigue hablando otro idioma.
La Ley 63-17 exige casco, licencia, matrícula, seguro.
Todo eso está bien para un trabajador con contrato, con quincena fija, con un colchón.
Pero el motoconchista vive al día. Si le retienen la moto tres días en el canódromo, son tres días sin ingresos. No es rebeldía, es matemática.
Por eso los operativos se viven como una cacería y no como una protección.
Aquí está la contradicción que no queremos ver, le pedimos al joven que sea formal, pero no le damos las condiciones para serlo. Le decimos que el riesgo es suyo, pero normalizamos que el 87% de las muertes en las vías sean hombres de 20 a 29 años. Le exigimos casco, pero no le ofrecemos un transporte público que lo haga prescindible.
El motoconchismo no va a desaparecer con multas. Es el rebusque motorizado, y el rebusque existe porque hay un vacío. Mientras ese vacío siga ahí, la moto seguirá siendo la universidad, el plan de pensiones y el seguro médico de miles de jóvenes en el Este.
Cualquier política que quiera llamarse de seguridad vial tiene que empezar por reconocer eso.
No se trata de quitar la moto. Se trata de que el rebusque deje de ser la única puerta. Porque mientras la única forma de resolver sea acelerar, vamos a seguir contando muertos en cada esquina de Higüey..

